martes, 25 de agosto de 2009

Una vida sin reflejo



Nunca había entendido por qué la gente siempre guardaba las apariencias delante de un espejo. Por eso un día decidí que no iba a mirarme nunca más en ellos. Fue muy duro, pues en todos lados había espejos: en el supermecado, en las tiendas, en los escaparates… pero mantuve mi promesa y resistí.

Pasados los meses la gente me miraba con expresiones vendidas y arrogantes. Supongo que tenía mala pinta, pero seguí caminando ignorando las miradas indiscretas.

Pasado mucho tiempo mi promesa seguía en pié, ya estaba acostumbrado que la señoras ahogaran un grito cuando yo pasaba y que los niños, si me veían, corrieran hacia sus madres con lagrimas en los ojos.

Pasé una vida muy solitaria pues nunca hablaba con nadie excepto si necesitaba algo urgentemente.

En mi lecho de muerte el médico me preguntó si deseaba algo en especial, yo le pedí que me diera un espejo para ver el producto de una vida sin reflejo, sin embargo cuando el médico fue a por él, comencé a sentir una extraña sensación de oscuridad en la que me sumergía sin rumbo y como poco a poco, mi corazón dejaba de latir. En ese momento me dije que a pesar de haber llevado una larga y solitaria vida, era feliz.