
Dejé el libro sobre mi mesilla de noche, todavía recordaba la última palabra, esa palabra me había dado mucho en lo que pensar, esa palabra signifiba lo mismo que lo que sentía ahora mismo: vacío. Me sentía como si faltara algo dentro de mi.
A la mañana siguiente me desperté sin nada que hacer, desayuné sin nada que leer, pasé la mañana entera sentada sin hacer nada, pensando en los buenos ratos que transcurrían mientras estaba acostada en mi hamaca leyendo historias ficticias. Era como si faltara algo en mi rutina que no podía volver a tener. Fue un día muy aburrido, pensando que nunca encontraría un libro tan bueno como el que me acababa de terminar.
Estaba tirada en mi cama, me levanté y me dirigí hacia la estantería donde se amontonaban los libros que me habían regalado con el paso del tiempo y que nunca había abierto. Estiré el brazo, cerré los ojos y escogí un libro al azar. Cuando los abrí, encontré en mi mano un libro que nunca había pensado leer. Pero aun así, decidí abrirlo por el principio y comenzar.
Pasaron los días, yo estaba sentada en la hamaca a la luz del atardecer cuando, por primera vez, cerré el libro sin marcador. Me lo había acabado, pero esta vez no me sentía vacía y no, no era por que me había comido media tarta de chocolate, era porque sabía que un libro no te lo acabas para sentirte mal por acabártelo, te lo acabas porque has disfrutado cada palabra que hay impresa en él.
A la mañana siguiente me desperté sin nada que hacer, desayuné sin nada que leer, pasé la mañana entera sentada sin hacer nada, pensando en los buenos ratos que transcurrían mientras estaba acostada en mi hamaca leyendo historias ficticias. Era como si faltara algo en mi rutina que no podía volver a tener. Fue un día muy aburrido, pensando que nunca encontraría un libro tan bueno como el que me acababa de terminar.
Estaba tirada en mi cama, me levanté y me dirigí hacia la estantería donde se amontonaban los libros que me habían regalado con el paso del tiempo y que nunca había abierto. Estiré el brazo, cerré los ojos y escogí un libro al azar. Cuando los abrí, encontré en mi mano un libro que nunca había pensado leer. Pero aun así, decidí abrirlo por el principio y comenzar.
Pasaron los días, yo estaba sentada en la hamaca a la luz del atardecer cuando, por primera vez, cerré el libro sin marcador. Me lo había acabado, pero esta vez no me sentía vacía y no, no era por que me había comido media tarta de chocolate, era porque sabía que un libro no te lo acabas para sentirte mal por acabártelo, te lo acabas porque has disfrutado cada palabra que hay impresa en él.