El aire pesaba en mis pulmones. Mi respiración profunda marcaba el ritmo de las nubes pasar. Los tonos cálidos del naranja de la tierra y del sol, contrarrestaban con el cielo azul. Provocaban una sensación de plenitud y desasosiego.
El sol, ya poniéndose, proyectaba las sombras de las pequeñas piedras del camino que uno se imaginaba para llegar al porche de la casa.
El tiempo pasaba y sentía como mi cuerpo iba segregando sudor. Un sudor pegajoso y abundante, pero de ese sudor del que no estas orgulloso, pues no has hecho nada para merecerlo, sino estar quieto, contemplando la magnitud de un desierto de tierra y una puesta de sol de agosto.
Mi organismo me pedía a gritos un poco de líquido elemento, pero mi cabezonería me lo impedía. Quería aguantar hasta que el frío de la oscuridad inundara el paraje. Para poder ver esos dos paisajes de los que tanto hablan, en un mismo escenario.
El sol se iba poniendo poco a poco. Tragaba saliva pesadamente, para calmar mi garganta reseca.
El aire se volvía fresco y liviano, como si de una fina tela transparente se tratara, que hondeando acariciaba mi piel caliente y mojada.
Ya no tenía que entrecerrar los ojos para que el sol no quemara mi retina, sino que mi pupila se dilataba para absorber toda la luz posible, para poder ver con detalle el paisaje nocturno.
Abrumada por el cambio, decidí entra a la casa. Me dirigí a una mesa en la cual estaba apoyada una botella de cristal. Las gotas de agua resbalaban por la superficie fría y formaba un charquito redondo debajo de la botella. Estiré la mano. La piel de mis dedos se entumeció unos segundos, para dejar paso a una sensación placentera al rozar el cristal. La cogí con cuidado, la acerqué a mis labios, y con un movimiento de muñeca incliné la botella haciendo que toda el agua que había dentro resbalara por mi boca y garganta, produciéndome un dolor punzante y refrescante, arrastrando todas la sustancias pesadas que se había acumulado dentro de mi.
miércoles, 20 de abril de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)