El sol se posaba suavemente en nuestras cabezas. Un calorcillo agradable jugueteaba en el interior de nuestras camisetas.
Me tumbé en la hierba. Noté como crujía suavemente bajo mi peso.
El aroma a tierra y a vida, me hizo evocar recuerdos, de cuando pasaba largo rato en el jardín de atrás en la casa de mi abuela, jugando con tierra. O cuando compraba flores en el mercado con mi abuelo, para llevárselas a ella.
Ellos comenzaron a tocar. Las notas, fluidamente acariciaban nuestros rostros y nos erizaban la piel de los brazos. Cerré los ojos, y disfruté de aquella sensación, inspirando profundamente.
La madera de la guitarra estaba caliente. Posé mi mano en ella y dejé que el calor penetrara en mi interior. Acto seguido, con la yema de el dedo índice, acaricié una cuerda, produciendo un sonido. Devolví el instrumento a su dueño, quien me miró con gesto de complicidad.
No teníamos mucho, pero éramos jóvenes felices, con mucha vida por delante.
miércoles, 11 de mayo de 2011
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