martes, 24 de julio de 2012
Relato de una náufraga
Me encontraba tumbada boca arriba. La luz penetró brutalmente en mi retina, cegándome por unos instantes. Me quedé quieta, mirando el cielo azul que se cernía sobre mi cabeza, agobiándome. No sé cuanto tiempo pudo transcurrir antes de que me atreviera a intentar recordar lo que había pasado, pero a mi me parecieron años. Empecé intentando recordar en donde me había levantado ese día. En el camarote, al lado de la hamaca del viejo John se encontraba la mía. La mar estaba excesivamente en calma. Las aguas eran grandes láminas grisáceas, que desataban una tormenta en los corazones de los marineros.
Poco a poco, recordé que me habían mandado a cubierta, a llevarle unos cabos al arriero, pues se avecinaba una tempestad, y había que asegurar el buque.
Después de acabar mi tarea, me distraje mirando la bitácora, en la proa del barco y olvidé mi obligación de bajar a la cocina a ayudar al cocinero. Cuando me di cuenta, ya había anochecido, y el barco empezaba a escorarse ligeramente. Bajé corriendo a cubierta, para hacer contra peso. Ese no era mi puesto en las situaciones de tormenta, sin embargo, ya era demasiado tarde para bajar a los camarotes. Oí que alguien me gritaba, pero el ruido del agua chocando violentamente contra la madera del barco no me permitió oír más que un grito ahogado. Una fuerte ráfaga de viento me empujó hacia el interior de la cubierta, y casi simultáneamente, una ola, que rompió en babor me arrastró con ella hacia lo que, sin duda, sería mi tumba marina.
No sé si fue pura suerte, o es que algún marinero vio como la mar me arrastraba y cortó las amarras de un bote. Lo que si sé, es que mientras luchaba contra los fuertes tentáculos de agua que me arrastraban hacia las profundidades, sentí un fuerte golpe en la cabeza. Por un momento, pensé que me iba a desmayar. Pero saqué unas fuerzas que se me otorgaron divinamente en aquel momento para salir a flote, agarrarme al bote, impulsar mi cuerpo dentro, y caer medio muerta en el fondo de la pequeña embarcación.
Después de haberlo recordado todo, solo después de haberme cerciorado de que lo había recapitulado todo, sin que faltara ningún detalle, me atreví a moverme. Los brazos me dolían, y las piernas me pesaban. Mi cuerpo iba más lento que mi mente.
Intenté incorporarme poco a poco. Cuando lo hice, un agudo dolor en la cabeza, hizo que me retorciera de dolor. Era como si una mano hurgase en mi cerebro con la intención de darle la vuelta.
Vista la situación en la que me encontraba, decidí permanecer acostada en el fondo del bote, esperando que se me aliviara el dolor de cabeza.
Creo que logré dormirme. Siempre fui capaz de dormirme en cualquier parte. De echo, era famosa entre la tripulación de El Corallo por mi facilidad para dormir.
Cuando me desperté, estaba amaneciendo. Fue entonces cuando salí de mi trance y me di cuenta de dónde estaba.
Me hallaba sola, en medio de un océano inmenso, bajo un cielo encapotado, y calada hasta los huesos.
Una súbita sensación de desesperación me sacudió de repente y más agua salada cubrió mis mejillas. No sabía que hacer. Estaba entumecida, tenia los nudillos cortados y magullados. Mi boca estaba llena de una saliva espesa, y caliente, que usé para intentar curar mis dedos. Me supo a hierro, a sangre.
Me quité la ropa mojada y la puse en el fondo del bote, esperando que el sol del medio día me hiciera una grata visita.
Cuando salió el sol, yo estaba acurrucada en la esquina de proa. Agradecí mucho la sensación de sequedad en mi pelo y en mis pies. Sin embargo, sabía que no iba a durar mucho seca en ese desconchado bote que me había salvado la vida.
Pasadas unas horas, me empezó a entrar hambre y sed. No tenía nada que comer, y mucho menos, nada que beber. En ese momento, el agua era lo que más odiaba, pero lo que más necesitaba.
Decidí no pensar en nada, pues sabía que si me ponía a divagar, caería en un oscuro pozo sin fondo. Ahora mismo, mi conciencia se encontraba atravesando una larga cuerda floja. Si le ejercía mucha presión, se precipitaría al vacío.
Así pasaron varios minutos, varias horas e incluso varios días. Permanecía en estado letárgico, acompañada únicamente de mi respiración, acompasada con el rumor de las olas.
La verdad es que no sé como pude tener tanta serenidad para afrontar aquella situación.
Hubo un momento, en el que el dolor de barriga por la falta de alimento, o el dolor de garganta, por la falta de agua, se hicieron parte de mi, y ya ni siquiera me molestaban.
Me limitaba a respirar, con los ojos cerrados, escuchando cualquier alteración en la superficie de mi cuerpo, como una gota de agua o cualquier sonido proveniente de las profundidades.
Un día, sentí que el bote ya no se movía. No me arrullaba como solía hacerlo. Permanecí quieta, alerta a cualquier indicio de cambio en el ambiente.
Toda mi atención y mis fuerzas estaban volcadas en uno de los últimos sentidos que me obedecían. Estaba escuchando, para captar cualquier detalle, cuando mi percepción auditiva se vio alterada por el roce de una hoja en mi pierna derecha. Pude sentir hasta el color verde acariciando mi piel. Solo entonces, en ese momento, me permití abrir los ojos.
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